Los bares ibéricos


Confieso que los bares peninsulares eran espacios desconocidos en mi ruta creativa, de explorador errante de divagaciones y constructor permanente de un estilo para el desarrollo de mi escritura y sus expresiones. Con este escrito realizaré un reconocimiento, en cuanto experiencia sensitiva, de los bares que son lugares para una muy variada gama de;
conversaciones en las mesas,
discusiones en las terrazas
indignaciones en las barras.

Una actitud no hay para estar, cada cual llega con sus particular individualidad a disfrutar por un momento de un muy necesario aire comunitario;
 de animada convivencia para la permanente 
recreación de una colectiva identidad.

En estos lugares, puedo estar abstraído y ensimismado, pero no dejo de percibir estímulos. Escenario de experiencias íntimas, un hogar que parece extenderse;
lo que me gusta y puedes dar, 
lo que me ofreces y quiero recibir.

Este escrito será un juego, les daré adjetivos a los bares que he conocido en la España catalana que es mi referencia actual. Espacios concretos de interacciones llamados "no lugares", como dice el pensador Augé cuando de paso estamos;
pero estos que les compartiré  ya tienen definición 
en la medida que producto de la historia con ellos  
le hemos dado características y una significación.

Debo dar gracias especiales a Maximiliano, que ha sido compañero, un inspirador y especial evocador de adjetivos para cada sitio, resultando una especie de tipología muy particular. En este preámbulo y antes de continuar, asumo también mi profunda alegría cuando con el experimento la participación;
a través  de una  bebida, una mediana  
y las famosas "bravas"  de este universo en cuestión.


Bar de la soledad, es aquel ruidoso de tapas gratis, de personajes y grupos, vestimentas, aretes y telas de colores. Siempre lleno y por ende más lento en su atención. Me parece que al señor Maxi a sus nueve años maneja altas expectativas respecto a la exclusividad que no se encontraría en este tipo de bares.

Bar de las soluciones, protegido bajo un techo que le da un aire de privacidad a su terrasa. Frente a una explanada abierta que da al río llegamos a recrear la idea, "las palabras difíciles fluyen paralelas a un curso de agua circulante". Conversamos berrinches y rabietas para descubrir en conjunto lo necesario para resolver sus malestares y discordancias frente a las normas que son autoridad en nuestra casa.

Bar de la felicidad, de dueños orientales, cercano al hogar y con las siempre preferidas patatas y olivas que hace las veces de tapas. Se hizo particular por ser el primero al que fuimos. Felicidad por su historia de fotografías bonitas que ambos nos tomamos. Recibió nombre por estar ubicado físicamente cercano  y con ello privilegiado sitio para reforzar experiencias en estas tierras lejanas que para él ya son recuerdos de variadas hazañas.

Bar de la tristeza,  solo tiene una barra integrada en una gran galería de locales comerciales. Atendido por un señor mayor, de pantalla y de mucha gente adulta,  en aquel lugar todos miran televisión. Creo que tristeza porque no oye ruido ni interacciones que sean de su interés. Confieso haberlo visitado sin él un par de veces.

Bar de la afición, es el de un gran aparato televisivo para ver el deporte favorito. Atractivo para la reunión y curiosidad del que busca un espacio en el mundo futbolero. Por la distribución de sus mesas estoy próximo  a él físicamente, observando sus emociones y crecimientos  como también  los deseos que tiene de participar en conversaciones de los mayores. El lugar hace que seamos  protagonistas, viejos y jóvenes conviven en familia. Al buenos días o buenas noches responden  todos los presentes, se aprecian incluso calzados de descanso como los que se llevan en la intimidad hogareña. Una familia completa, de tres generaciones lo atiende.  Hay compañeros de colegio que aparecen de pronto allí con sus padres lo que transforma el lugar en el más especial de todos.

Bar de las felicitaciones, se encuentra fuera del barrio. Llegamos para devolver algún gesto amable que para con nosotros tuvieron. Le dimos experiencias de conversación y juego de padre-hijo en  su terraza.  Ambos nos predispusimos hablando situaciones alegres mientras observamos el transcurrir de la ciudad desde su "ajuntament". Fue un lugar para la felicitación por un logro de esos que no se refuerzan en ninguna parte más que en la intimidad de un vínculo de paterno cultivo y atenta preocupación.


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