La tardor en Catalunya. Tiempo de castañas.
Deposité mi cuerpo,
pero mucho mas mis ilusiones,
en un piso de tres generaciones,
de un barrio de múltiples transformaciones,
en una ciudad de variadas vegetaciones.
Un señor bueno como el pan,
del sur por años instalado
y su mujer de baja estatura,
de inversa proporción a su bravura,
se alegran por el camino iniciado.
Inmediatamente me soñé ave, que con forma de planeador deja el suelo que pisaba,
siendo alones los que para el presente y mirar su norte ganaba.
Voy a describir el escenario donde me situé,
convencido que un simpático poema les presentaré.
En las ventanas aparecen pétalos de cardenal,
que provienen del edificio del frente;
su visita busca una experiencia trascendental,
con el viento conquistaron el vacío,
rojo fuerza, sorpresa y animo decisivo.
Las aves son vecinas de la ciudad,
loritos, pequeños migrantes ruidosos,
palomas por el ocio alimentadas,
son de los parques fotografías cotidianas,
urracas intranquilas y valientes,
en la terraza son sorpresa
¡únicas y presentes!.
Un pajarillo especial me lleva a explorar
la ventana donde se expande un canto,
que regala una muy sonora curiosidad.
Sus canturreos son música en un barrio
de conversaciones, coches y ajetreos cotidianos.
Asumo la misión de conocer
ese vecino cantor de melodía centenaria,
que trae el recuerdo del pasado libre
desde una jaula blanca posada,
con audiencia sensible y asegurada.
Los murciélagos tienen presencia,
no obstante la noche los oculta.
Destellan en el atardecer naranja,
en círculo a los mosquitos dan caza.
Su características alas de mamífero volador,
develan su fama de tétrico y nocturno cazador.
Los árboles despiden en primavera
semillas en el cielo y en la tierra.
De la colina, frente a la calle baja
y entre edificios pasa
una ráfaga cuya función,
es esparcirlas en todo rincón.
Tortugas vecinas, son dueñas del minuto,
avance temporal transcurre
hasta que mi anhelo se concrete,
para sentir este viaje una conquista de éxito
y la poética se refuerce
todo lo que se merece.



